Elena

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Fernando Viamonte presentó su primer cuento en el Ciclo de lecturas crepusculares / Nov. 2018

De Fernando Viamonte.

Otro año más. La temporada de lluvias y su incesante sonido han acabado con mi quietud. Siempre es igual, me resulta imposible conciliar el sueño, pero con el pasar de las horas el cansancio me vence. Entonces, comienzo a soñar con ella.

Cuando éramos niñas (bueno, solo yo, Elena era más grande), siempre volvía a casa ansiosa por verla. Me esperaba con los brazos abiertos, yo corría a abrazarla. Luego me llevaba a la casa chica mientras mamá terminaba los quehaceres de la casa grande y papá guardaba sus herramientas en el cobertizo, al fondo del gran jardín. Me servía la cena mientras yo le contaba sobre mi día en la escuela. Me ayudaba a hacer la tarea, se quedaba a jugar un rato y antes de dormir me daba un beso en la frente.

Pero en mi sueño todo es diferente. Elena no está, tampoco mamá o papá. Escucho su voz y corro a buscarla por el campo, pero no la veo. Todo huele a humedad y se escuchan truenos, como cuando se avecina una tormenta. Me encuentro perdida, siento miedo y despierto sobresaltada, llorando. Después de tantos años, no sé nada de ella.

Mamá trabajó para los patrones desde muy joven. Le dejaban vivir en la casa chica a cambio de que se encargara de cuidar la casa grande y papá de mantener el jardín. Confiaban en ellos, rara vez venían a visitar. Un día, mamá sintió que sus labores eran muy pesadas y sacó a Elena de la escuela para que la ayudase. A Elena nunca le gustó ese trabajo, no era lo que hacían los demás jóvenes. Soñaba con algo mejor. Le encantaba leer pero tenía que hacerlo a escondidas. Mamá y papá fueron siempre muy rigurosos con ella; nunca le quitaban el ojo de encima y le hacían quedarse en casa ayudando, incluso los días en que no había que trabajar.

Una mañana escuché cuando mamá fue a su cuarto a despertarla. Elena no estaba de ánimos y se negó a trabajar. Empezaron a discutir y Elena amenazó con irse de la casa. Tomó su bolso dispuesta a marcharse, pero no llegó a cruzar la puerta; papá la alcanzó. Elena trató de zafarse, pero papá la arrastró hasta su cuarto y la tiró como a un trapo al pie de la cama.

–Si no quieres trabajar, es mejor que te quedes encerrada, para que pienses mejor en lo que intentaste hacer, ¡pero de esta casa no te vas! –le dijo papá antes de cerrar la puerta y girar la llave.

Elena estaba cansada de estar bajo su control y las discusiones comenzaron a hacerse cada vez más frecuentes. Papá era la figura de autoridad, pero detrás estaba mamá, siempre llenándole la cabeza de ideas en contra de Elena. Mamá no podía evitar verse reflejada en ella, era su viva imagen. Parecía odiar la idea de que Elena fuese todo lo que ella nunca pudo ser. Cuando tenía su misma edad le tocó cargar con el fruto de una situación incómoda de la que nunca se habló. Se decía que solo la había parido a falta de otra alternativa, que al nacer no había querido mirarla ni darle pecho. Años después llegó papá, el único dispuesto a hacerse cargo, y mamá hizo todo con tal de retenerlo. Luego nací yo. Conmigo nunca fueron demasiado cariñosos, tampoco demasiado estrictos. Parecía que toda la severidad la descargaban sobre Elena, sin saber que al verla sufrir yo sentía su dolor en mi piel.

Dos semanas pasaron antes de que lo volviera a intentar. Esta vez fue mas cuidadosa; logró salir sin hacer ruido y no fue hasta la mañana siguiente cuando todos notamos su ausencia. Yo no paraba de llorar y mamá estaba roja de cólera; ese día le tocaría a ella sola todo el trabajo de la casa grande. Papá salió a buscarla pero no tuvo éxito.

Al día siguiente llamaron, la habían visto en el pueblo. Recuerdo cómo se me revolvía el estómago mientras íbamos a buscarla. No sé si era el olor a humedad del viejo auto o la velocidad a la que iba papá por el sinuoso camino de tierra, pero no dejaba de pensar en el castigo que le esperaba.

 Elena parecía concentrada, leía un libro escondida en un estrecho callejón. Papá se dirigió hacia ella y sin decir una palabra le volteó la cara de una bofetada. Los pocos que allí se encontraban quedaron atónitos frente a semejante espectáculo. Fue entonces cuando Elena gritó esa antipática verdad de la que no solíamos hablar: “¡Tú no eres mi papá!”. Él la tomó por la fuerza y la metió en el asiento trasero del auto. Nadie dijo una sola palabra durante el viaje de regreso. Elena tomó mi mano y supe que tenía tanto miedo como yo.

Al llegar a casa, papá bajó del auto. Llevó a Elena a su cuarto y se encerraron a discutir. Los gritos se escuchaban en toda la casa.

–Escúchame bien. No puedes ir y volver cuando se te antoje.

–¡Si por mí fuese, no habría vuelto! –gritó Elena.

–¡Pues, mientras vivas bajo mi techo harás lo que yo diga! Vas a aprender por las buenas o por las malas.

Mamá ni se inmutó, parecía orgullosa de que papá impidiera que Elena se saliera con la suya. Quise interceder por mi hermana, pero no me dejó y me llevó a mi cuarto. Seguían los gritos, se escuchaban golpes. Pregunté a mamá qué estaba sucediendo; ella solo me contestó que no había otra forma de corregir a Elena. Solo veía lo peor en ella, siempre esperando a que cometiera algún tonto error para hacer que papá la disciplinara.

Él salió del cuarto, llevaba el cinturón en la mano. Pude acercarme a Elena, tenía el rostro hinchado de tanto llorar. Me dijo que quería tomar una siesta. Se quitó la ropa y noté las líneas en su espalda, las más nuevas, que sobresalían por encima de las anteriores. Se puso la ropa de dormir, se acostó en su cama y me senté a su lado. Se quedó dormida hasta el día siguiente.

Llegó la mañana. Mamá pasó por nuestros respectivos cuartos para despertarnos y arrancar con la rutina de todos los días. Elena y ella se iban juntas a la casa grande. Papá me llevaba a la escuela en el auto y luego regresaba a trabajar en el jardín. A mi regreso, Elena me recibiría con el mismo abrazo de todos los días.

Desde que Elena se limitó a hacer todo lo que le pedían, mamá y papá dejaron de cuestionarla. Pero yo veía en sus ojos que algo estaba por suceder y temía que llegase ese momento. Una noche, cuando estábamos cenando solas, Elena se confesó:

–Hay algo que debes saber –dijo antes de hacer una larga pausa. Mi corazón comenzó a acelerarse–. Esta noche me iré.

Elena estaba decidida a abandonarnos y yo sabía que no podría convencerla de lo contrario. Esta vez sí sería definitivo. Mi peor temor se haría realidad.

–¿A dónde te irás? –le pregunté.

–Lejos. Pero no te preocupes por mí –contestó Elena.

–Llévame contigo.

–Ahora no puedo. Pero prometo que algún día voy a volver por ti.

La sola idea de estar sin mi hermana me quitó el apetito. Me fui corriendo a mi cuarto y me eché a llorar. Elena se sentó a mi lado y me pidió que fuese paciente, que estaríamos juntas de nuevo. Sus palabras no lograban consolarme, no quería vivir sin ella a mi lado. Me seguía diciendo que todo iba a estar bien, pero nada podía estar bien si ella no estaba junto a mí.

Pasaron horas. Yo tenía los ojos cerrados, pero seguía despierta. Solo escuchaba el sonido de la lluvia sobre el techo. Elena esperó hasta estar segura de que mamá y papá durmiesen. Entró a mi cuarto, me dio un beso en la frente y salió en completo silencio. El dolor que sentía en el pecho me atormentaba; cada gota que caía se sentía como una aguja penetrando mi piel. Era insoportable.

Me levanté de golpe y comencé a gritar su nombre “¡Elena, Elena!”. No podía dejarle ir. Mis gritos despertaron a mis padres. Elena corrió a través del jardín, en dirección al campo. Vi a papá ir detrás de ella. Tratamos de alcanzarla, pero estaba oscuro y seguía lloviendo. Solo llegué a ver cuando se escondía dentro del cobertizo. Yo estaba muy agitada y sentí que no podía más; me faltó el aire y caí inconsciente al suelo.

Los siguientes días fueron confusos. No hacía más que tener pesadillas que no se distinguían de la realidad. Cuando logré despertar, mamá estaba a mi lado. Pregunté por Elena, me dijo que se había ido y que no regresaría. Yo no le creí, me levanté de la cama y fui a su cuarto. Parecía que nadie hubiese vivido allí. Mamá estaba decidida a borrar su recuerdo; se había desecho de todo y me ordenó que jamás volviéramos a hablar de ella.

Los días se convirtieron en meses, y los meses en años. Mamá estaba más entregada que nunca al trabajo de la casa grande. Papá se volvió cada vez más callado; pasaba el día ocupado en el jardín. Se fue haciendo viejo y un día, mientras cortaba el césped, cayó tendido.

–El señor ha sufrido un infarto –dijo el doctor del pueblo–. Me temo que su tiempo entre nosotros ha culminado.

Mamá perdió la cabeza. No quiso volver a vivir cerca del campo y se marchó a casa de una prima lejana. Fue así como terminé sola, ocupando su lugar en la casa grande.

Algo me ha impedido alejarme de estas tierras, sigo esperando a que Elena vuelva algún día. Cada noche de lluvia la siento cerca. Todas esas noches son la noche en que se marchó. Cuando cierro los ojos la escucho decirme “Si no puedes dormir, cuenta ovejas”. Una, dos… No puedo. El recuerdo de su voz no me deja dormir más que un par de horas al día. Estos sueños se han vuelto cada vez más vívidos, tiene que ser una señal.

En uno de mis tantos desvelos, me siento frente a la ventana a mirar los destellos que se cuelan. Veo que alguien se acerca. ¿Quién puede estar viniendo a la casa chica a esta hora? Hace mucho que los patrones no vienen, tampoco lo harían en mitad de la noche. Golpean la puerta y me asomo por la mirilla, pero está oscuro y no logro distinguir. Abro y siento que mi corazón va a estallar. Reconozco esa mirada, dos diamantes brillando en medio de la noche. Su piel luce pálida, envuelta en viejos trapos, pero es ese mismo rostro con el que tantas veces soñé. Rompo a llorar y, al igual que cuando la vi por última vez, grito su nombre en voz alta: “¡Elena, Elena!”.

Allí está ella, parada frente al portal. No lo puedo creer, ha cumplido su promesa de volver por mí. Trato de retomar la calma y le invito a pasar, pero me indica con la cabeza que no. Tengo tantas dudas sin responder, pero ella no parece dispuesta a dar explicaciones. En completo silencio, toma mi mano y caminamos a través de la estancia en dirección al campo. Solo ella puede hacerme salir en medio de la lluvia. No siento miedo; tener a mi hermana cerca es la cura de todos mis temores.

No es el campo hacia donde nos dirigimos, sino el cobertizo al fondo del jardín. ¿Por qué me habrá traído hasta acá? Elena continúa callada y estira su mano hasta abrir la puerta. Al entrar, me señala una caja de metal oxidado donde están las viejas herramientas de papá. La tomo, sin entender qué me trata de decir. Apenas la abro, siento que algo se desata. Me invade una horrible sensación, igual que el día en que Elena se fue de casa. Empiezo a llorar descontroladamente. Los recuerdos vuelven a mí y comienzan a aparecer como una película.

La noche cuando Elena intentó escapar, corrí detrás de ella hasta que caí. Los gritos me hicieron retomar la consciencia y me dirigí hacia el cobertizo. La puerta estaba abierta. Algo estaba sucediendo allí, así que me escondí entre los arbustos para poder mirar. Elena discutía con alguien, pero no era papá; era mamá.

–¡Dejame ir! –gritaba Elena.

–¿Para qué? Una mujer sola viviendo en la calle… Sé cómo terminan estas cosas, los hombres son peligrosos y van a arruinarte la vida.

–¿Desde cuándo te importa tanto mi vida? ¿Y qué clase de vida tengo junto a ustedes? Él me golpea y tú no haces nada, como si te diera placer.

–¿Pero qué dices? Lo hace porque es necesario, sino nunca aprenderás. Ahora regresa, hazlo por tu hermana.

–Si no me marché antes fue por ella, pero también está sufriendo y estará mejor sin mí.

–¡Elena, si no vuelves pronto te irá peor!

–Estás loca, están locos ambos. No dejaré que él vuelva a ponerme un solo dedo encima. ¿Qué puede ser peor que eso? ¡Preferiría estar muerta!

–¿Cómo que muerta? Basta de estupideces. ¡Camina!

Elena estaba fuera de sí, la desesperación de verse acorralada le hizo cometer una atrocidad. Fue entonces cuando tomó unas tijeras de la caja de herramientas y sin pensarlo se cortó el cuello con una de las hojas, cayendo al piso mientras se desangraba. Mamá comenzó a gritar y papá, que se encontraba afuera buscándome, se acercó corriendo. Aún escondida, miré la escena con horror. Sentí en carne propia el tormento de mi hermana, pero me tuve que contener para no ser descubierta.

Elena había muerto. Ninguno de los dos sabía qué hacer, estaban desesperados. Pude ver cuando papá se llevaba el cuerpo de mi hermana al arroyo. Allí dejó que la arrastrara la corriente; a ella y a su recuerdo. Salieron a buscarme, con la incertidumbre de saber si había visto algo. Me encontraron sentada en medio del jardín, fría y temblorosa.

Mi dolor fue tan grande que enfermé durante días. Estuve en cama, temblando de fiebre mientras alucinaba con Elena. Cuando desperté estaba confundida, pero me convencieron de que todo se trataba de una pesadilla, que solo se había marchado. El horror de aquella noche quedó reprimido tan profundamente en mí que nunca perdí la esperanza de que volviera.

¿Pero quién ha tocado mi puerta esta noche? Cierro la caja de herramientas, me seco las lágrimas y salgo del cobertizo. Estoy sola, no hay nadie más. La lluvia ha cesado. Siento que me envuelve una cálida brisa. El cielo se ha despejado y se pueden ver las estrellas brillando con mayor intensidad, como diamantes en medio de la noche.

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